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¿Qué es la vivienda de alta gama?: reflexiones del arquitecto Salvador Moreno Peralta

“El verdadero lujo era el espacio, y la verdadera profesionalidad, saber humanizarlo”

Desde la Asociación DOM3 hacemos nuestra esta reflexión del arquitecto malagueño Salvador Moreno Peralta, ya que define a la perfección todo eso que llevamos defendiendo desde hace años.

REFLEXIONES DEL ARQUITECTO SALVADOR MORENO PERALTA

  • La vivienda es una necesidad social y un derecho constitucional pero, no lo olvidemos, es también un producto de mercado y, como tal, sometido a las reglas no escritas de una demanda consuetudinaria y las escritas de una normativa que, justificada como una instancia de garantía higiénica y salubridad, actúan de hecho como mecanismo regulador de ese mercado y, a la postre, de control social, por cuanto el diseño estandarizado de la tipología residencial se corresponde estrechamente con unas formas de vida igualmente estandarizadas que traducen, a fin de cuentas, unos valores simbólicos uniformes. (Podemos vivir en una época hipertecnificada y podemos reclamar nuestro derecho a tener ideas políticas totalmente diferentes, pero el correlato residencial de esa tecnificación y esa diversificación ideológica suele ser de una pasmosa mediocridad pequeñoburguesa)
  • Pero es cierto que la diversidad social actual, los fenómenos derivados de la Covid-19, los nuevos hábitos de trabajo, las múltiples composiciones familiares, la perspectiva de género y la concienciación cada vez más generalizada por la ecoeficiencia, entre otros factores, están poniendo en crisis el rigor burocrático y normativo por el que se rigen las viviendas estándar, ya sean de renta libre o subvencionadas, que impide o dificulta la obligada adaptación tipológica de esas viviendas al nuevo marco. En un producto tan consolidado y pétreo como es la vivienda, la norma va siempre por detrás de la realidad.
  • Y es en este contexto donde hay que situar el concepto de Vivienda de Alta Calidad, que DOM-3 viene singularizando y fomentando desde hace varias ediciones como el subsector, dentro del inmobiliario residencial, donde SÍ cabe la experimentación y la innovación tecnológica, al estar condicionada en todo caso sólo por las prescripciones constructivas de un Código Técnico –como todos los edificios- pero NO por los criterios de diseño espacial, que aquí se escapan al rígido dictado de la norma por teniendo el usuario libertad absoluta sobre la configuración de su morada.
  • Cualquier arquitecto en ejercicio de su profesión sabe que en la vivienda estándar –que con frecuencia es una vivienda mínima- no hay posibilidad de salirse de la esclavitud que relaciona la superficie útil y la construida, porque detrás de ello está la lógica económica de la promoción que es el marco que establece los límites de su propia viabilidad.
  • Por eso habíamos perdido la práctica, la experiencia de enfrentarnos al hecho de humanizar un espacio amplio, no ya lujoso, sino simplemente amplio, porque a fuerza de hacer “muriendas” de VOP (como las llamaba Sáenz de Oiza) nos habíamos olvidado de que el auténtico lujo no era la grifería de oro ni los lavabos de travertino, ni siquiera la domótica y la inteligencia artificial aplicada la funcionamiento interno de la vivienda: el verdadero lujo era el espacio, y la verdadera profesionalidad, saber humanizarlo, ordenarlo y darle esa vibración que lo convierte en un verdadero LUGAR para vivir y no un aparcamiento de personas o una vitrina para la ostentación. Hay, pues, que deshacer ese equívoco entre la Alta Calidad y el lujo a menos que consideremos el lujo como lo veía Coco Chanel, para quien “el lujo no es lo contrario de la sencillez, sino de la vulgaridad”. Lamentablemente de ese equívoco sólo es responsable la vulgaridad de muchos clientes de la alta gama.
  • En parte por ese equívoco, cualquier aproximación al tema residencial que no se refiera a la vivienda social es políticamente incorrecta, a pesar de que la vivienda de Alta Gama está cumpliendo una función, bastante ignorada, pero de enorme proyección cultural, social y económica por varias razones:

a) En primer lugar, las viviendas de Alta Gama permiten la reflexión, innovación, investigación y enriquecimiento de las tipologías residenciales, lo que sería imposible en la vivienda estándar y no sólo por las razones normativas y comerciales expuestas, sino por la propia predeterminación cultural de los promotores y los mismos usuarios; éstos asumen acríticamente unos programas internos de necesidades, unas pautas compositivas de los espacios, incluso unos aspectos estilísticos que forman parte de los valores, aspiraciones y simbología de la clase media. (No hay más que ver la publicidad de los productos estándar: acordémonos cuando el summum del lujo era tener video portero, o aquella publicidad madrileña de los pisos de “auténtico semilujo”)).

Pero en una residencia de Alta Gama, por el contrario, la vivienda es el resultado de una interactuación, de una colaboración e incluso de una confrontación entre el arquitecto y el cliente (o del promotor), lo cual depara una ocasión para que unos le enseñen a otros aspectos inéditos o singulares de cómo vivir. Aquí el arquitecto se encuentra con la presencia singular y concreta de un cliente, con rostro y con criterio, y no con un cliente anónimo y abstracto, que demanda un producto de mercado sobre el que no caben variaciones.

b) En segundo lugar, la vivienda de Alta Calidad hace surgir una dimensión del papel del arquitecto que creíamos ya en retirada: la del “profesional”, la de una profesión de arquitecto entendida como arte y artesanía, ejercida con las armas del dibujo, de técnicas expresivas personales, de un obligado conocimiento profundo de los materiales, de la historia, de la historia del Arte, del lugar… y de la psicología. Aquí es cuando más se asemeja el arquitecto al director de orquesta que tiene que saber cuáles son las posibilidades de los instrumentos, sus dificultades y sus límites expresivos para lograr la perfecta armonía en la conjunción de todos ellos. El arquitecto aquí no puede esconderse; el arquitecto de la vivienda de Alta Calidad es siempre un arquitecto global, de interior y de exterior (si tal cosa realmente pudiera disociarse del todo); el arquitecto tiene que saber mucho, tanto de arquitectura como de construcción, porque aquí trabaja a Escala 1:1.

Todo este atesoramiento de habilidades y conocimientos resulta indispensable porque su tarea consiste en humanizar una abstracción aristotélica –el espacio- trayéndola al terreno y a la medida de unas necesidades, no solo funcionales sino también simbólicas, de un cliente determinado (de ahí lo de la psicología).

c) En tercer lugar, esas cualidades del espacio se modelan, no sólo con una hábil combinación de luz y geometría, sino con el efecto táctil, sensorial y envolvente de los materiales, lo que obliga a un contacto estrecho con muchos oficios: yeseros, estucadores, carpinteros, ebanistas, jardineros, restauradores, fabricantes del mobiliario, etc… muchas de ellas artesanías que de no existir la Alta Gama estarían probablemente en trance de desaparecer. Entre los muchos valores añadidos de la Alta Gama está el rescate y la pervivencia de oficios y técnicas delicados, de gran valor cultural y artístico, que, a su vez insertan otros oficios subsidiarios y determinadas materias primas en la cadena de valor (canteras, piedras determinadas, maderas, cerámicas, …) con la consecuente generación de un empleo cualificado.

d) En cuarto lugar, hemos de hablar de un efecto colateral de la vivienda de Alta Calidad de extraordinarias consecuencias en la conformación de los caracteres colectivos de una sociedad en un momento determinado.

Me refiero a la labor pedagógica que, por reflejo y emulación, ejercen las élites en el cuerpo social. Arquitectos poco sospechosos de conservadurismo o faltos de conciencia social han expresado claramente – a veces de una manera muy provocadora- que la sola posibilidad de innovar en la tipología residencial se encuentra sólo en la Alta Gama; así Oriol Bohigas respondía en una encuesta de 1968: “…en la actual circunstancia es más fácil aportar experiencias vanguardistas en una casa para ricos que en un bloque suburbial”. Y Alejandro de la Sota afirmaba en 1982 que “la arquitectura, o es intelectual o es popular. Lo demás es negocio”. Ambos grandes arquitectos coincidían en la imposibilidad de concebir la vivienda como un hecho cultural si no es con una libertad de acción y de pensamiento que sólo lo da la relativa independencia normativa y económica de la vivienda de Alta Gama. Lógicamente no es muy creíble que el cliente de una Vivienda de Calidad, generalmente rico y de derechas, tenga conciencia de “estar haciendo una labor pedagógica”: le basta con afirmar su derecho a construirse un casoplón sin más explicaciones, como es lógico, sin pedagogías ni historias. Pero “sensu contrario” ¿nos hemos parado a pensar la mala influencia que para la cultura tiene un político de izquierdas viviendo en una mansión irreductiblemente hortera en Galapagar, por ejemplo? ¿O la residencia vulgar, historicista y rancia que le construyeron a nuestro Rey cuando era príncipe? Sin profundizar más en las procelosas aguas de la política, he de decir que el por otra parte polémico y autoritario Manuel GFraga Iribarne, siendo presidente de la Xunta de Galicia, tuvo la buena idea de encargar la residencia oficial del presidente a uno de los mejores arquitectos de España, Manuel gallego Jorreto. (fin de la incursión)

Adonde quiero ir a parar con esto es a señalar la condición, en cierto modo, arquetípica, de las viviendas de Alta Gama como ejemplos cuya influencia se deja sentir en los hábitos de una clientela con menor poder adquisitivo. Podemos decir también que las innovaciones arquitectónicas triunfan cuando pasan de las élites al ámbito de la cultura de masas, conformando los valores y paradigmas colectivos de la sociedad en un momento determinado, elevando al nivel. Es, pues, en el nivel de la arquitectura estándar, y en la medida en que traduce unos valores asumidos, donde se ve la semilla sembrada por la Arquitectura de Alta Gama.

e) En quinto lugar, quizás este efecto contagio de los paradigmas de la arquitectura doméstica no esté suficientemente analizado, pero es muchísimo más determinante en la configuración del paisaje urbano e incluso en el carácter de una ciudad, tal y como así nos vemos y, sobre todo, cómo nos ven, más que el influjo que puedan tener notorios edificios singulares. A una ciudad la juzgamos por el mensaje que nos transmite el nivel de su arquitectura media más que por la de sus iconos. Y esa arquitectura media se configura siempre por imitación, emulación o contagio de la de las clases que han ejercido un papel preeminente en lo cultural, social o económico. Y así el valor de la arquitectura del Centro Histórico de Málaga (que sólo se pudo apreciar a partir de los años ochenta) radicaba en la uniformidad y serenidad de estilo de las casas burguesas del siglo XIX y la calle Larios, por ejemplo (lo que podríamos considerar la “alta gama” de la época) era la expresión de la pujanza emprendedora de la propia ciudad. El lenguaje arquitectónico no es un hecho casual, sino que encierra mensajes y transmite los valores que en cada momento la ciudad quiere encarnar. (De una manera, digamos, instintiva, en el Madrid de los sesenta del pasado siglo, un grupo de arquitectos capitaneados por Luis Gutiérrez Soto, desarrollaron una extraordinaria arquitectura residencia de Alta Calidad cuyo estilo acabó extendiéndose a la ciudad entera, confiriéndole a la capital un estilo propio, el de la “arquitectura de Madrid”)

La vivienda de Alta Gama ha estado cumpliendo una función semejante en la costa a partir de su epicentro en Marbella. No sabríamos decir todavía exactamente lo que es, pero el término está en el aire: “arquitectura marbellí”, que por extensión se aplica también a la vivienda de Alta Gama de los municipios limítrofes, Benahavís y Estepona. Hasta hace algunos años esta arquitectura establecía un compromiso estilístico entre la modernidad y lo vernáculo, entendiendo por vernáculo una confusa interpretación de lo que para un turista residencial anglosajón encarnaba el exotismo de “lo mediterráneo” o lo “meridional”. Territorio, como digo, confuso, que ha dado joyas y aberraciones, donde coinciden los estilemas marroquíes, el color ocre o almagre de Marrakesh con los poblados mexicanos según Hollywood, los estucos toscanos en tonos pastel, el barroco andaluz y la maravillosa arquitectura popular de nuestra provincia: en suma, lo español mediterráneo reinterpretado por el imaginario de un extranjero y adoptado y consumido por un español, con lo que se cierra el círculo de una interesante simbiosis, de una ósmosis cultural que, con independencia de sus resultados, ha creado indudablemente un estilo, a veces para bien y otras para mal, pero nunca indiferente.

f) Pero este estilo que, como digo, va desde maravillosos ejemplos de arquitectura integrada con jardines de ensueño hasta aberraciones ostentosas al mejor estilo Kazajistán, pienso que está cambiando notoriamente en los últimos años. No sabría bien decir dónde está el origen del cambio, pero lo cierto es que la alta gama ha derivado hacia una arquitectura neorracionalista y mediterránea, de formas simples, de amplios ventanales bajo porches y pérgolas que sirven de “interface” entre grandes espacios interiores, poco compartimentados y versátiles, y jardines y patios interiores, creando un flujo continuo en las transiciones de luces y sombras en la mejor tradición de Van der Rohe, Aalto, Neutra o Sert. Y, aquí en España, Coderch, Carvajal, Corrales y Molezún, Ruiz de la Prada, Lamela y tantos otros Las paredes suelen ser blancas, conformando volúmenes cúbicos, quizás con un exceso de blanco donde antes había ocres en todas sus variedades. (Hubo un largo período en que el ocre era poco menos que sinónimo de distinción, frente al blanco, sinónimo de lo pueblerino o del aburrimiento racionalista) con primorosos estucados o enfoscados tipo SATE, o paramentos lisas y tersos, con panelados pétreos o porcelánicos.

Pero lo interesante es ver cómo esta arquitectura, que en la alta gama adquiere carácter de paradigma es adoptada hoy por las promociones de inferior standing pero con un nivel medio excelente, al que se le podría reprochar su uniformidad, pero en realidad no se trata más que la adopción por las clases medias, a nivel estético y simbólico, de los invariantes estilísticos de sus modelos. De esta forma la vivienda de lujo de la Costa está sirviendo como un vehículo de comunicación entre la clase alta y las clases medias o bajas, en una sociedad caracterizada por la falta de nexos culturales entre los diversos estratos sociales. Hoy todos los carteles publicitarios de las promociones de viviendas parece que ofrecen el mismo producto, servido por el poder de fascinación de las infografías. Eso es cierto, pero también lo es que de esa arquitectura ya no existen balaustres torneados, frontones partidos, acróteras rematando tejados de tejas falsamente envejecidas, rejas de un barroquismo atormentado y todos esos sintagmas arquitectónicos con que la alta gama, desde su atalaya ejemplarizante, influyó en la arquitectura estandarizada de nuestras urbanizaciones de chalets adosados. Era la forma con la que la clase media creía estar expresando la subida de un peldaño en la escalera del progreso. Hoy vemos que ese progreso dejó como correlato estético un paisaje de vulgaridad.