Decálogo para arquitectos liberales

24 enero, 2016

En las reuniones que mantenemos todos los jueves los integrantes de DOM3 a lo largo de estos meses se ha planteado en varias ocasiones la posibilidad de realizar por alguno de los directamente implicados en el proceso proyectual un listado “ad hoc” de las condiciones para ejercer esta profesión y la verdad es que pensando en ello caigo en la cuenta de que siempre en mis casi treinta años de profesión con otros casi diez previos de preparación me he preguntado si sería posible resumir las principales características que debería tener un profesional liberal de la arquitectura para un desarrollo ético y completo de su profesión como tal.

Intentar, como hemos mencionado en esas reuniones, condensar estas características en exactamente diez puntos, no en ocho o en doce (¿por qué no?), o sea, crear un decálogo, siempre he creído debe ser una reminiscencia que tenemos en el subconsciente todos los educados en el mundo cristiano-occidental con el referente de los diez mandamientos. El nombre decálogo, con que suelen designarse, procede según la Wikipedia de la fórmula griega δεκάλογος (dekalogos: ‘diez palabras’).

La verdad es que es una obsesión muy común que siempre ha tenido la humanidad en general y los profesionales en particular el querer realizar listados en torno a ciertas situaciones o ciertos hechos y supongo que lo que hemos buscado con ello ha sido el generar una cierta reflexión o un cierto conocimiento objetivo, que de todas formas siempre será cuestionable, ya que no creo que exista en ningún caso una receta de éxito.

Después de muchas vueltas y revueltas, en base a lo oído, lo hablado, lo vivido y lo experimentado, he ido concretando desde que se lanzó la sugerencia por parte algunos de los miembros de DOM3 y resumiendo en este escrito este apunte con algunas de las ideas para conseguir plasmarlas en los diez apartados propuestos.

Es evidente que seguramente sí serán todos los que están, pero seguramente no estarán todos los que son. Y los que están en mi opinión sin que el orden de los mismos prejuzgue importancia mayor ó menor, aunque algo hay, son los que siguen:

Punto 1.- Tenemos que disfrutar con el trabajo que realizamos en cada momento pues si no es así lo mejor que podemos hacer es dejarlo.

Punto 2.– Hay que intentar experimentar con nuevas experiencias en cada uno de los

encargos que nos realicen.

Punto 3.– Tenemos que conseguir que lo que en principio es un trabajo se transforme

además en algo divertido, que nos parezca un juego.

Punto 4.– En todo momento hemos de proponernos realizar nuestro trabajo siempre por encima de lo que puedan pedirnos.

Punto 5.– El secreto de la ejecución de un buen trabajo es que estemos dedicados al mismo mientras los otros descansan.

Punto 6.– Hay que tener la mente en todo momento en estado de creatividad.

Punto 7.– Es justo y ético que enseñemos a otros lo que nos ha dado la experiencia.

Punto 8.– El formar un buen equipo es fundamental para obtener un gran resultado.

Punto 9.– Tenemos que buscar durante toda nuestra vida profesional nuestro propio camino de inspiración.

Punto 10.– Por último, cuando nos veamos superados por las circunstancias, lo mejor es dejarlo todo por un tiempo y tomarnos un descanso para el cuerpo y la mente. De alguna manera estos diez puntos pueden representar, lógicamente en mi opinión puramente subjetiva, una forma ideal de ejercer la profesión de arquitecto, aunque muchas veces (¿las más?) debido a circunstancias externas e internas de todo tipo, como indico más adelante, no es posible llevarla a cabo de la manera que me apetecería. Sin embargo a pesar de ello, analizando despacio la distinta información contenida en este decálogo, quizás sean dos los principales temas que me llaman la atención.

En primer lugar, el resumen de los siete conceptos contenidos detrás de cada una de las ideas y que pueden ser claramente reconocibles, siendo éstos los siguientes: Trabajo, Perseverancia, Innovación, Enseñanza, Inspiración, Pasión y Entretenimiento. Creo que no descubro, al describir estos conceptos, nada nuevo para nadie, pero es verdad que realizar el experimento de analizar las diferentes combinaciones de todos ellos (por ejemplo trabajo + perseverancia, innovación + enseñanza, inspiración + pasión) resulta interesante, recordándome estas diferentes combinaciones la forma de ver y vivir nuestro trabajo por parte de algunos grandes arquitectos que he tenido la suerte de conocer por diversos motivos. Dentro de las ideas contenidas en los diversos puntos del decálogo hay una en particular que me parece fundamental resaltar y es la del Entretenimiento.

Me parece que cumplir este aspecto es fundamental para lograr un resultado satisfactorio en el momento de hacer un proyecto y eso se notará en el resultado final de una obra. Cuando ocurra lo contrario, es decir, que siempre se haya realizado un proyecto sin disfrutar del mismo los resultados no siempre serán los mejores. Podemos hacer el ejercicio de pensar en los que consideramos nuestros mejores proyectos, ya sea en el transcurso de nuestra carrera profesional o durante los estudios en la escuela de arquitectura y en que contexto se llevaron a cabo, analizando si realmente disfrutamos con ellos.

En segundo lugar el hecho que va quizás más en contra de todo lo que incluyo en la lista anterior es que muchas veces algunas e incluso a veces todas las condiciones contenidas en el decálogo citado no se pueden cumplir en el transcurso de nuestra vida profesional, ya sea por una clara falta de oportunidades o porque en muchas ocasiones las necesidades pecuniarias y de otro tipo se anteponen a la manera en que nos gustaría ejercer nuestra profesión. A esto se podría sumar el hecho de que los clientes no siempre confían en los arquitectos todo lo que nos gustaría, lo que supone una rebaja de calidad en el propio trabajo y por supuesto en el resultado final del proyecto. Estos condicionantes me llevan a meditar sobre la condición para que un encargo de arquitectura se transforme primero en un buen proyecto y después en una obra digna es que un buen cliente colabore con un buen arquitecto. Que exista un grado mutuo de respeto y confianza que haga posible la dignidad del resultado final. La ausencia de esta evidencia es una de las causas de la falta de calidad del entorno arquitectónico. Porque un buen arquitecto como ya he dicho no es aquél que tiene el correspondiente título sino el que ejerce realmente como tal, por capacidad y por dedicación.

Los arquitectos debemos saber escuchar, separar lo esencial de lo accesorio. Debemos ordenar jerárquicamente el programa. Y preguntar, preguntar mucho. La primera fase de proyecto debe ser más escrita que dibujada. Debe pertenecer al mundo de las ideas más que al de los planos. Los primeros croquis influyen enormemente en el resultado final; conviene que aparezcan cuando las ideas estén claras y cuando el emplazamiento de la obra haya expresado también sus propios deseos. En cuanto al desarrollo del proyecto, el cliente ya no debería preocuparse. En todo caso, tan sólo controlar que su programa ha sido captado y asimilado. Un buen profesional no antepondrá su filosofa personal al programa inicial. Podrá rechazarlo y no aceptar el encargo pero nunca perder de vista cuál es la finalidad de su trabajo: dar cobijo a las necesidades físicas y emocionales del cliente y hacerlo con los criterios arquitectónicos más válidos. Lo coherente sería, por tanto, que el cliente acudiera al arquitecto conociendo su trabajo profesional. A partir de la elección del arquitecto por parte del cliente aparece una condición necesaria para garantizar la calidad del proyecto final: la confianza del cliente en el profesional que ha elegido. Pero esa es otra historia.

Fdo. José CANO NAVAS Arquitecto

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